No existe una edad estándar para que el niño deje la cuna y pase a su cama. Por regla general, se suele hacer a partir de los dos años, principalmente porque la cuna ya se les puede quedar pequeña, podrían estar incómodos y además, ya tienen movilidad e independencia suficiente como para saltar por encima de los barrotes y caer al suelo desde una altura demasiado elevada.
Como cualquier cambio, el niño puede necesitar un período de adaptación.
Normalmente, las cunas están en la habitación de los padres y el cambio de cama no sólo implica el colchón, sino también la ubicación de los pequeños.
Muchos niños pueden tomarse este cambio como un cierto castigo, pues los separan de sus padres y quizás, se sientan más desprotegidos por la noche.
Cada niño es un mundo y los padres son los que mejor conocen la personalidad de su hijo, sus miedos, inquietudes, dependencias, etc.
Sólo tenemos que tratar el tema con cierto cuidado y naturalidad, evitando que se convierta en un trauma tanto para los niños como para los padres.
La mejor opción es ofrecer al niño el cambio de cama como una recompensa por hacerse mayor, para que tenga su propia habitación, decorándola a su gusto y donde encuentre todas las comodidades y necesidades que pueda tener. Mostrárselo como un lugar atractivo donde va a convivir con todos sus juguetes y actividades favoritas.
Puede que, al principio, el niño reclame más la atención de los padres, que los llamen para pedir agua o para cualquier tontería. También puede sufrir alguna pesadilla y se despierte asustado en mitad de la noche.
Los padres tienen que cargarse de paciencia y procurar atender la atención del niño hasta que se habitúe al cambio, para que se vea protegido y correspondido en todo momento.
Poco a poco, el niño encontrará todos los alicientes necesarios para no querer cambiar su cama ni su habitación por nada del mundo.
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