Pollín no era muy aficionado al estudio. Aunque era inteligente, tenía poca fuerza de voluntad, era muy haragán y, además, se dejaba llevar por una voz que le decía:
“¿Para qué perder el tiempo estudiando y haciendo los deberes? Mañana, en clase, copias el examen de algún otro compañerito y aprobarás sin el menor esfuerzo. ¿Eso es ser inteligente y, muy listo?”
Pollín hacía caso a esa voz y, en vez de hacer los deberes o preparar un examen, se dedicaba a jugar. En clase, todo resultaba fácil para Pollín. Su habilidad para copiar del vecino era única. Sacaba, por lo general, muy buenas notas, ya que Pollín sabía quién estudiaba y quién no. Siempre se sentaba al lado de los estudiosos.
Pero el profesor muy hábil, inteligente y con mucha experiencia se dio cuenta de que, en cada examen, había dos ejercicios exactamente iguales. La conclusión era sencilla alguien se dedicaba a ...