Cuenta el hada Maiga, que hace mucho tiempo en un país muy cercano, vivía un niño que quería volar.

Pasaba los días subiendo a los árboles del lugar, daba grandes saltos y agitaba los brazos con fuerza intentando que su cuerpo se elevara por encima de las altas ramas. Pero sus esfuerzos eran inútiles, pues una fuerza extraña lo atraía hacia el suelo sin conseguir su objetivo.

Observaba con atención los pájaros que surcaban el cielo con facilidad e intentaba imitar sus movimientos. Incluso llegó a crear unas alas de papel para que le ayudaran a levantar el vuelo. Pero no le sirvió de nada.

Una tarde mientras caminaba por el campo, desolado y apesadumbrado por sus fracasos, vio a lo lejos algo brillante que llamó su atención. Era una pequeña hada que lloraba desconsolada sobre la rama de un árbol.

Cuando vio al niño acercarse hacia ella la diminuta criatura dio un respingo y de inmediato, agitó sus alas con energía y salió volando hacia un lugar más seguro.

El niño salió corriendo hasta darle alcance y la cogió suavemente por sus alas.

– ¡Por favor, no me hagas daño! — suplicó la pequeña.

– No voy a hacerte daño — respondió el muchacho, mirándola con sorpresa.

– ¿Por qué me miras así?

El niño guardó un breve silencio y contestó:

– Me gustaría tener unas alas como las tuyas.

– ¿Sí? ¿Y para qué? — preguntó el hada.

– Para poder volar.

– ¿Y para qué quieres volar? — preguntó extrañada — A mí me encantaría tener unas piernas como las tuyas para poder correr y saltar por los verdes prados.

– ¿Correr? ¿Saltar? ¿Para qué vas a querer correr y saltar pudiendo volar? — le preguntó el niño con sorpresa.

– Si en lugar de tener estas pequeñas alas, hubiera tenido unas largas y fuertes piernas como las tuyas, podría haber salido corriendo y ahora no me tendrías atrapada.

– O podrías haber volado mucho más alto y yo habría necesitado unas grandes alas para poder alcanzarte — respondió el chico.

Ambos se miraron en silencio y se quedaron sumidos en sus pensamientos. Finalmente el niño añadió:

– Entonces, gracias a tus alas y a mis piernas, nos hemos conocido.

La pequeña asintió y su rostro se iluminó con una deslumbrante sonrisa. A partir de aquel mismo momento, surgió una hermosa amistad entre ambos. Jamás se separaron y compartieron maravillosos momentos juntos, ella volando con sus brillantes alas y él recorriendo los verdes prados.

Los dos aprendieron una buena lección; no debemos ser infelices por anhelar algo que no tenemos o no podemos conseguir, sino que tenemos que aprender a ser felices disfrutando y sacando provecho de lo que somos y tenemos.

Y sobre todo recuerda:

La sonrisa es como nuestra sombra, siempre nos acompaña aunque a veces no brille el sol para iluminarla.

Cuenta conmigo y busca siempre tu sonrisa.

 

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