Si queremos que a nuestro hijos  aprendan buenos modales, no hay que confundir  una sana espontaneidad infantil con dejar crecer en casa a un pequeño salvaje. Las normas de convivencia no llueven del cielo: los padres tienen que enseñarlas. Y hay que hacerlo pronto, porque antes de lo que pensamos ya es demasiado tarde.

A los dos y tres años, cuando el lenguaje empieza a ser más fluido y entendible, pueden aprender a decir pequeñas cosas, que son muy importantes cómo: «gracias» y «por favor». A esa edad, no debemos ser muy exigentes, pero los chiquitos nos imitarán sin esfuerzo si nosotros usamos normalmente con ellos esas sencillas fórmulas de cortesía. También pueden empezar a decir «perdón», «buenos días»…

A los cuatro años, todavía no tienen la madurez suficiente como para esperar de ellos la cortesía de un adulto o de uno más grandecito, pero sí deben saber que hay cosas (como gritar, encaramarse encima de una visita, tocar la comida ajena…) que no están permitidas. Y no sólo porque papá y mamá las prohíban, sino porque los demás merecen consideración por nuestra parte.

A los seis años, un niño ya tiene que tener muy claro que no debe decir secamente «quiero agua», «dame pan» o «anda- te»… El «por favor», «perdón» y «gracias» ya deben estar incorporados.También debe saber disculparse cuando ha molestado a alguien, saludar a los vecinos en la escalera o en el ascensor y no interrumpir continuamente las conversaciones entre los adultos. En la mesa tiene que saber manejar los cubiertos y al contestar el teléfono, saludar y avisar a papá o mamá.

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