Los seres humanos son los animales más juguetones del planeta. Jugar es fundamenal para nuestro aprendizaje y perdura incluso durante la etapa adulta. La única diferencia estriba en que los nombres de los juegos cambian: poesía, literatura, música, teatro… Todos estos logros tienen origen en los juegos de la infancia. Coloque a un bebé en una habitación llena de juguetes y mire a ver qué ocurre. Mientras éste juega, se centra en un sólo juguete, después, deja este juguete y empieza con otro; al rato se cansa del juguete  y vuelve al juguete anterior… en definitiva, está experimentando.

En esta etapa empiezan a surgir varios principios del juego. El primero es la emoción, el amor por lo nuevo. Un juguete nuevo tiene una magia especial que atrae al niño de inmediato. Éste es el principio de novedad y alimenta nuesta curiosidad y nos hace explorar nuevas experiencias. Al fin y al cabo, es lo que nos convierte en seres creativos. A medida que el niño sepa cómo se utiliza, experimentará una gran variedad de acciones. Una vez ha agotado todas las posibilidades, lo deja y cogerá otro juguete para comenzar el proceso.

Resulta interesante observar qué juguetes o juegos prefiere nuestro hijo. Estas preferencias que tenga nos dirá mucho sobre la personalidad de nuestro hijo cuando sea myor. Los bebés juegan antes de ser capaces de coordinar movimientos cuando, por ejemplo,el sonido de algo a la vez que tiene color… El bebé puede jugar incluso cuando es físicamente pasivo pero mentalmente activo. Disfruta con la emoción de movimientos corporales poco habituales, como el balanceo en el aire.

 

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