Ya hace años que en casa intentamos vivir todo en clave familiar, Día de San Valentín incluido. No es una decisión que hayamos meditado mucho. La vida misma nos ha llevado a ello y hemos pasado de vivir al margen de estas citas publicitarias, a meternos de lleno en ellas.

Me gusta mimar mi matrimonio cada segundo y celebrar el amor permanentemente y no a golpe de campaña. Pero mis tres hijos, de 9 años, 6 años y 15 meses, a los que les encanta estar presentes cuando su padre y yo nos damos un achuchón, jamás podrían entender que llegara San Valentín y no participáramos de la fiesta.

Y digo esto con conocimiento de causa. No se me olvida el día que ‘abrí el melón’ y tuve la fatal ocurrencia de hablarles del carácter comercial del asunto. Ufff, mejor no volver a abrir melones como ese por un tiempo. Las conclusiones a las que llegaban eran casi de película de terror. Lo veía en sus ojos clavados en los míos: “vale y ¿qué le vas a regalar a papá? ¿qué te regaló él a ti el año pasado?” “¿qué pasa si no le regalas nada a papá?” “¿Y solo por eso no le vas a comprar nada?”

Así que lo que hacemos ahora las jornadas previas a San Valentín es ponerme manos a la obra para dar un golpe de efecto cuando llegue el día, con un coste mínimo. De nuevo, mi objetivo para el próximo 14 de febrero es convertir la celebración en algo familiar y no solo de Isidro y mía, en la que todos pasemos un día divertido, lleno de sorpresas y de lo más amoroso.

La mayor inversión de este año ha sido de unos diez euros, que es lo que me ha costado una caja de plastilina ‘patarev’ (toda una revolución en el mundo de las pastas de modelar y que solo se puede comprar en tiendas Eureka kids). No huele, no mancha y se endurece. El fin de semana pasado, Irene y yo hicimos unos colgantes chiquititos con forma de corazón (les hemos hecho un agujero en el centro para poner un cordón). Nos los regalaremos a nosotras mismas. Yo además le sorprenderé con una libreta que tiene forma de corazón y que le va a chiflar. Estoy deseando sentir su abrazo cuando la vea.

Lo más complicado va a ser sacar un rato, el jueves por la tarde, para hacer una ‘tarta de yogurt’ con forma de corazón, gracias a un recipiente que compré hace tiempo y que nos ha dado mucho juego. No sé qué haré con mi kit de San Valentín cuando, más pronto que tarde, Ángel e Irene hagan ascos al universo multicolor en el que se mueven ahora y no quieran ni oír hablar de estrellas, corazones y margaritas. Bueno…manualidades entonces todavía nos quedará, Sara, nuestra benjamina.

El toque final será para el viernes por la noche. Me he hecho con unas brochetas de color rojo y con la forma obligada para preparar unos pinchos de fruta (plátano, fresa y kiwi) y terminar así la cena.

Todo esto es lo previsto, pero con niños de 9 y 6 años ‘love is in the air’ y seguro que improvisan algo con lo que logran sorprendernos.

El año pasado compré tres trozos de cartulina muy grandes. Dibujé tres corazones inmensos. Ángel escribió en un corazón “TE”; en otro QUEREMOS y en otro “MUCHO”. Irene los decoró a su estilo. Es decir purpurina a granel, pegatinas de formas geométricas y algún que otro dibujillo improvisado en las esquinas. En cuanto sonó el despertador, colocamos los corazones en el pasillo para sorprender al padre de las criaturas en un día tan especial y vaya si lo hicimos. Lo que hemos hecho este año no lo cuento, pero sí os digo que los corazones del 2012 están requeteamortizados. Los usamos cada vez que vienen los abuelos, en los cumpleaños, para pedir perdón…. Los tenemos guardados debajo de una cama y los niños los sacan cuando les apetece dar una sorpresa.

Las campañas orquestadas que hacen que todos piquemos en momentos como el Día de San Valentín, me dan cierta grima. Pero en el fondo, como pienso que cualquier día es bueno para decirnos lo que sentimos. ¿Por qué no vamos a hacerlo también en San Valentín? A los niños les sienta muy bien oírnoslo decir. Es para ellos una inyección de seguridad, de energía, de estabilidad emocional , de buen rollo y se puede hacer sin perder la cabeza.

 

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