La fantasía es buena siempre que el niño no la viva de forma muy intensa. Poco después de empezar a hablar, y en cuanto su lenguaje alcanza una aceptable fluidez, los pequeños comienzan a inventar sus primeras historias. En estos años, la fantasía (esa facultad tan valiosa) y el pensamiento mágico están en plena ebullición.
Y no sólo eso. Además, el sentido de lo que es y no es real todavía no está del todo consolidado. Si tenemos en cuenta que a esa edad los pequeños están en una etapa de creer que la luna es (de verdad, no figuradamente) una cara redonda o que los pájaros hablan, no debe extrañarnos demasiado que un día les dé por decir que un pájaro les contó algo al oído o que son amigos del mismísimo Mickey Mouse.
Por eso, haríamos mal en calificar de mentiras las fantasías de los chiquitos, y aún mucho peor si los ridiculizamos o los llamamos mentirosos. Sin embargo, nuestra tolerancia, incluso nuestra complicidad, tampoco debe hacerles pensar que nosotros mismos nos creemos o inventamos historias.
Ten presente que:
1. Si le decimos al niño que el pájaro que se ha posado en la ventana debe ser su amigo, nuestro tono debe indicar que tanto el chico como nosotros sabemos que, en realidad, se trata de un juego.
2. Podemos respetar y hasta alimentar la fantasía infantil, pero no fomentarla en exceso o permitir que se le vaya de las manos, porque entonces podría entorpecer o retrasar su necesario acceso al mundo de lo real.
3. Pero la fantasía, tan rica en esos primeros años, es sana y positiva porque es la que pone los cimientos para que seamos capaces de crear, de imaginar, de pensar y de proyectar, de librarnos de la simple y plana percepción de lo que está presente.
De esta forma, podemos ir más allá de lo evidente y lo inmediato, una capacidad sin la que los humanos no seríamos lo que somos.