Es habitual que los bebés (casi la mitad) presenten durante el embarazo el cordón umbilical enrollado alrededor de algunas de las partes del cuerpo, aunque lo más frecuente es que sea el cuello.
En general, lo habitual es que esto no traiga consecuencias, dado que la longitud del cordón, 50 centímetros y el líquido untuoso que lo cubre hacen que se deslice sin dificultad y no se comprima.
El problema (si es que aparece) es más frecuente una vez iniciado el trabajo de parto, al descender la cabeza a través del canal de parto. Puede suceder que el cordón se comprima y dificulte el paso de la sangre, desde la placenta hasta el bebé, con el consiguiente déficit de oxígeno que, si se prolonga, puede llevar al sufrimiento fetal.
El médico obstetra conoce la situación, por eso controla los latidos fetales. De esta forma, puede detectar a tiempo la complicación y actuar en consecuencia. El tratamiento consiste en extraer al bebé por la vía más rápida y segura, que suele ser la cesárea.
El algunas situaciones, cuando al bebé le falta muy poco para salir y se dan las condiciones, puede ayudárselo a nacer mediante la ayuda instrumental, siempre y cuando no haya peligro para el bebé.