
Te brindamos una serie de pautas muy sencillas, pero muy eficaces, para estimular el uso del lenguaje en los niños.
De forma natural, hablándole, leyéndole, cantándole, nombrando las cosas que ve, contándole lo que hacemos…; esto aumenta la comprensión. Cuando empiece a hablar, conviene ampliar sus frases y dar significado a sus palabras: si dice «mamá», contestar: «Sí, yo soy mamá».
En principio, cuanta más, mejor, siempre que a él le agrade y no se lo fuerce. No obstante, es preferible la calidad a la cantidad. No tiene sentido estar todo el día hablándole sin mirarlo a los ojos, sin tocarlo. Como tampoco sirve sentarlo durante horas frente al televisor. La interacción es un requisito fundamental.
Con voz pausada, aumentando la entonación, simplificando el lenguaje, haciendo pausas, respetando turnos, aproximándonos a su cara, mirándolo a los ojos… Es decir, justo lo que hace el ser humano instintivamente cuando se dirige a un bebé. No nos costará nada.
Sí, hay varios tipos de bilingüismo, pero el más común es el de dos padres que hablan diferentes lenguas. Por ejemplo, una madre española y un padre inglés. En este caso, es fácil que el niño sea bilingüe si se tienen en cuenta algunos detalles, como que cada padre hable con el hijo desde el principio en su lengua materna, sin mezclarlo con otro idioma. Si uno u otro padre combina dos lenguas, existe el riesgo de que el pequeño aprenda una mezcla de ambas y tenga más adelante dificultades para diferenciarlas correctamente. Esta norma se debe seguir, por lo menos, hasta que el niño tenga cinco años, cuando los dos idiomas deberían estar ya consolidados.
No tiene por qué ser signo de trastorno -a lo mejor es que está poco estimulado-, pero no por eso hay que dejar de indagarlo. Si se sospecha un problema, el pediatra primero investigará la parte orgánica -por ejemplo, para descartar una sordera- y luego analizará la neurológica.
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