Las golosinas han formado parte del mundo infantil desde tiempos inmemoriales. Si bien, debido a su composición no son tan nocivas como parecen, los mecanismos psicológicos que intervienen, así como las bases de su consumo, pueden causar problemas a largo plazo.

Entonces, ¿podemos dar golosinas a nuestros hijos? Sí, pero también debemos enseñar a los niños cómo comerlas.

–Si bien no se ha demostrado la adicción al azúcar en niños o personas ya mayores si que se ha comprobado que su brusca supresión desencadena una serie de síntomas similares a la falta de drogas en ciertos consumidores: temblores y malestar psicológico general, en especial marcados niveles de irritabilidad. Todo ello, no es menos cierto que ocurre en niños que consumen muy elevadas cantidades del blanco elemento.

–Otro factor que debemos considerar es el de los colorantes y conservantes que contienen prácticamente todas las golosinas y bebidas, particularmente las gaseosas. En un reciente estudio se ha asociado su ingesta con un aumento de la actividad especialmente entre aquellos niños de hasta unos 9 años de edad.

–Algunas bebidas, particularmente ciertas marcas conocidas de cola y otras con sabor a naranja poseen como conservante benzoato de sodio (E211) que también ha sido señalado como potenciados de la hiperactividad. Otros colorantes como los: E110, E102, E122, E124, E129 y E104 también se
encuentran en multitud de golosinas y bebidas artificiales.

–Algunos, como el E110 no sólo se añade a las golosinas sino a ciertos productos de “picoteo” fabricados a base de maíz y muy populares entre nuestros hijos.

–Resulta obvio recomendar, entonces, que aquellos niños que padecen THDA (Trastorno de Hiperactividad y Déficit de Atención) deben evitar su ingesta en la mayor medida de lo posible así como en horas ya avanzadas del día con objeto de no interferir en el sueño.

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