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No hay que olvidar que la crianza de los hijos es, siempre, una labor de equipo. A los niños no les resulta nada sencillo entender que las normas puedan cambiar cuando están con papá y tampoco se conforman con recibir de él nada más que mimos. El padre y la madre deben educar juntos coco a codo, por el bien de todos. Si el padre no participa en la formación de sus hijos, se perderá momentos irrecuperables.

La presencia de un padre (o una madre) no es mera cuestión física. Es más, gracias a la educación que damos a nuestros hijos, llegará un momento en que permaneceremos presentes en ellos aunque ya no estemos a su lado. Para que esto ocurra, debemos acompañarlos de cerca en el día a día durante su crecimiento. Un padre que, por trabajar afuera muchas horas (hoy en día, probablemente las mismas que la madre) no se entera de lo que ocurre en su casa, es como si no conviviera con la familia. Y, cuando está, da lo mismo. Cree que porque los chicos están con la madre, él puede desentenderse.

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Pero los hijos lo necesitan, y mucho. Se ha demostrado en varios estudios, que cuando el padre se responsabiliza de la crianza de sus pequeños en las mismas condiciones que la madre, los chicos aprenden más, disfrutan de mayor éxito escolar y exhiben un comportamiento más estable y saludable que cuando la madre asume su formación en solitario. En el caso de los padres separados, que no comparten el hogar, pero siguen de cerca la evolución de los chicos y se preocupan de su cuidado, la reacción de los pequeños es casi igual.

En el ranking de posibles influencias sobre la vida cultural de un chico, la presencia del padre y de la madre ocupa el primer lugar, por encima de otros factores como la situación económica, el origen étnico, el nivel académico de los progenitores y el entorno de la escuela.

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