
Son demasiado pequeños para lavarse solos, pero ya podemos inculcarles, con juegos y mucha paciencia, hábitos de higiene saludables.
En lo jardines, suele formarse un charco cuando riegan las plantas o cuando llueve: un tesoro para los niños y un trastorno para los padres. “No sé por qué mi hijo disfruta tanto ensuciándose”, comenta una mamá. Un papá más experimentado (tiene dos hijos y ya sabe cómo es el tema) le quita importancia al asunto: “Hay que dejarlo, es normal….”.
A los dos años, el niño es un pequeño es torbellino, un descubridor del mundo y, claro, un imán para los gérmenes.
Pero no debemos exagerar: si insistimos mucho en que hay que tener cuidado con los microbios, podemos convertirlo en un chiquito obsesivo. Además, a esta edad manifiestan lo que los especialistas llaman la “reafirmación del yo a través del no” y la actitud de que “mi cuerpo es mío y no tuyo’. Si insistimos mucho en el tema de la limpieza, podemos lograr el efecto contrario: que el pequeño se rebele y se niegue a hacernos casó.
Para enseñarle buenos hábitos de higiene debemos tener en cuenta algunas pautas:
Aunque le guste hacerlo él solito, antes de los cuatro años no será capaz de limpiarse correctamente, así que seamos razonables y no exijamos demasiado. Hasta que sea autónomo, debemos supervisar y repasar su trabajo. Lo importante es que vaya adquiriendo esas normas básicas de higiene que deberá mantener de por vida.
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