Consumir grandes cantidades de comida basura o chatarra en el embarazo y la lactancia puede alterar el control normal del apetito en el niño, aumentando así el riesgo de que sea obeso en el futuro. Los alimentos procesados muy ricos en grasas y azúcares inhiben las señales de saciedad y promueven el hambre, lo que explicaría por qué algunas personas optarían por platos menos sanos aunque se les ofrezcan otros más saludables, según revelan varios estudios realizados al respecto.
