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En la alegría y en la tristeza…El objeto de consuelo es un compañero fiel que da al chiquito tranquilidad y seguridad. Los psicólogos los suele llamar “objetos transicionales”, aunque también se suele hablar de “objetos de consuelo”. Los chicos prefieren llamarlos: “el osito”, “la telita”, “mi tubito”, “el tete”, “la ga-ga”, “el yuyo” o como quiera que los hayan bautizado.

Casi siempre se trata de objetos relacionados con las sensaciones de succionar, oler o sentir una cierta textura junto a la cara; suelen ser cosas suaves al tacto y con frecuencia asociadas a la cama y al sueño. Las mantas, los peluches y ciertas prendas de vestir están entre los preferidos.

Es el propio chico quién lo elige. A nosotros puede parecernos feo, antihigiénico, inadecuado o difícil de limpiar. Y probablemente terminará deteriorado, sucio, hecho pedazos….Pero el amor, en este caso, es ciego. Para nuestro hijo sigue siendo imprescindible, a veces hasta extremos insospechados, y cuanto más viejo y ajado, más querido e idolatrado.

Desde luego que no todos los chiquitos tienen un objeto de consuelo. Por ejemplo, parece que los que usan chupete o se chupan el dedo son los que menos suelen recurrir a ellos, quizás porque esa costumbre de chupar ya cumple la función de consolarlos. Pero lo cierto es que en todos los chicos suele darse algún gesto, algún ritual, alguna pequeña manía que cumple ese papel.

Qué el pequeño tenga apego a un peluche o a un trozo de tela y no quiera separarse de él a sol ni a sombra puede resultar incómodo a algunos padres, pero no debe ser motivo de preocupación, ya que no es anormal ni tampoco síntoma de un problema en su desarrollo psicológico. De hecho, un chico que recurre a su osito o su almohada para calmarse y darse seguridad está mostrando que es capaz de crear y utilizar sus propios recursos.

No se han encontrado diferencias entre los que no usan objetos de consuelo y los que arrastran algunos durante años. En un estudio sobre chicos que ¡a los cuatro años! seguían durmiendo con objetos de este tipo, se comprobó que a los 11 años eran sociables tanto con sus iguales como con los adultos y parecían tener confianza en sí mismos. A los 16 años eran chicos igual de bien adaptados que el resto.

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