Por lo general, este rechazo no es muy duradero y termina desapareciendo al cabo de un tiempo. Por lo tanto, no hay que darle mayor importancia. Pero mientras dura, puede ser muy aparatoso y suponer un contratiempo.
Si afrontamos la cuestión por las malas, es decir, imponiendo al niño el lavado a la fuerza, ese rechazo puede hacerse aún más enérgico. Lo mejor es tomar el asunto con paciencia y tratar de ser diplomáticos, es decir, vencer su oposición por la vía pacífica.

• Para empezar, y ya que las batallas son inevitables, podemos tratar de que sean menos numerosas. A no ser que por algún motivo se hayan ensuciado mucho, a los chicos no es imprescindible lavarles el pelo a diario, sino que puede hacerse cada dos días, a no ser que se hayan ensuciado especialmente.

 Hay que hacerlo con cariño y firmeza, empezando poco a poco, mojándoles suavemente el cabello y hablándoles con ternura. También conviene descubrir qué es lo que les molesta tanto. Por ejemplo, puede no gustarles que les resbale el agua por la cara porque les impide respirar y les provoca sensación de ahogo. En ese caso podemos lavarles el pelo con la cabeza echada hacia atrás, como se hace en las peluquerías.

• Si en cambio lo que les molesta es que el jabón les entre por los ojos, hay, que asegurarse de que el champú no pica. El envase suele informar sobre ello. Y si lo que les fastidia es que lo haga otra persona, se les puede animar a que se laven ellos solos, prestándoles la necesaria supervisión y siendo tolerantes si salpican un poco o no se aseen demasiado bien. También ayuda jugar a algo a la vez que se lavan la cabeza: los podemos animar a que hagan submarinismo en la bañera o a que se pongan unas antiparras de buceo o una visera de plástico para que no les entre agua en los ojos.

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