pinocho

Entre los cinco y los ocho años se han encontrado razones de fondo generales que podremos asociar a mentiras comunes. No se trata de interpretaciones inequívocas. Las tomaremos como ejemplos de lo que a menudo significan:

“Yo no he sido”. Cuando el niño que niega haber roto el jarrón o haber transgredido una norma, intenta eludir el castigo que anticipa. ¿De qué tiene tanto miedo?

“Sí que sé”. Al niño que no sabe cómo hacer algo y dice que sí sabe, esta mentira le sirve para combatir vergüenzas y sentimientos de culpa. ¿Por qué no se acepta?

“Ese coche es de mi padre, que es jefe”. Si el pequeño se inventa propiedades, gestas o capacidades, podemos entender que necesita aumentar su autoestima o el gusto por su vida cotidiana de manera ilusoria. ¿Qué le deprime?

“Ayer me insultaron dos policías y les pegué”. Frente a las historias bizarras, podemos sospechar que el niño intenta llamar la atención o conseguir los halagos de los demás, asustar, impresionar… ¿Qué quiere que sientan los demás?

“Pues a Marta sí que se lo compran”. Cuando utiliza las falsedades para manipular, está tratando de obtener algo que, de otra manera, se le niega o prohibe. ¿Por qué no negocia?

“No sé quién fue”. En ocasiones, mintiendo a los adultos, el niño pretende demostrar su lealtad o proteger a otros, queridos o temidos por él. ¿Qué le guía?

“Me duele la tripa”. Algunos niños recurren a mentiras sobre su salud por inmadurez, para evitar enfrentarse a situaciones difíciles. ¿Por qué las evita?

“Papa dejará a su novia, volverá con mamá y me llevará a la playa”. Cuando los deseos son inalcanzables, el niño puede utilizar la imaginación para encubrir, negar o maquillar realidades dolorosas que no logra asumir. ¿Qué es lo que no asume?

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