La embarazada es trasladada al quirófano, o bien a una sala de partos que pueda convertirse en quirófano. Mediante una sábana, se aísla el campo quirúrgico. Después, se le coloca un catéter en la vejiga para drenar la orina durante la cirugía, y otra en una vena del brazo (generalmente en el pliegue del codo) por dónde se pasará suero o, de ser necesario, otros fármacos.
Previa desinfección del abdomen, se realiza una incisión por encima del vello pubiano (incisión de Pfannestiel), o bien en forma vertical, desde el ombligo hasta el límite del vello pubiano (incisión mediana infraumbilical). Está última es más frecuente en las operaciones de extrema urgencia. La primera en cambio, responde a razones estéticas: la mujer podrá lucir perfectamente una bikini y la cicatriz quedará oculta debajo del traje de baño.
A continuación, mediante una pinza o simplemente con el dedo, se rompe la bolsa y se extrae al bebé. En ese momento, la mamá podrá percibir al anestesista y al obstetra empujando el abdomen para facilitar la salida de la cabecita, o bien de la pelvis en casa de presentación pelviana. Más tarde se procede al alumbramiento, vale decir a la extracción de la placenta, luego de lo cual se sutura primero el útero y posteriormente las incisión del abdomen.
La intervención es muy breve: dura entre 30 y 60 minutos aproximadamente. Si la salud de ambos lo permite, la mamá tendrá oportunidad de sostenerlo y besarlo igual que si hubiera nacido por vía vaginal. Si bien depende de la política de cada institución y de la voluntad del médico que asiste el parto, es frecuente que el papá pueda presenciar por lo menos el momento del nacimiento de su hijo.
Con respecto a la anestesia, habitualmente es local. Puede administrarse en el espacio peridural o en el raquídeo, en ambos casos mediante una punción en la espalda. Debido a que está despierta, la mamá puede oír y ver al bebé. En caso de emergencias, en contadas ocasiones puede requerirse anestesia general