Son demasiado pequeños para lavarse solos, pero ya podemos inculcarles, con juegos y mucha paciencia, hábitos de higiene saludables.
En lo jardines, suele formarse un charco cuando riegan las plantas o cuando llueve: un tesoro para los niños y un trastorno para los padres. «No sé por qué mi hijo disfruta tanto ensuciándose», comenta una mamá. Un papá más experimentado (tiene dos hijos y ya sabe cómo es el tema) le quita importancia al asunto: «Hay que dejarlo, es normal….».
A los dos años, el niño es un pequeño es torbellino, un descubridor del mundo y, claro, un imán para los gérmenes.
Pero no debemos exagerar: si insistimos mucho en que hay que tener cuidado con los microbios, podemos convertirlo en un chiquito obsesivo. Además, a esta edad manifiestan lo que los especialistas llaman la «reafirmación del yo a través del no» y la actitud de que «mi cuerpo es mío y no tuyo’. Si insistimos mucho en el tema de la limpieza, podemos lograr el efecto contrario: que el pequeño se rebele y se niegue a hacernos casó.
Para enseñarle buenos hábitos de higiene debemos tener en cuenta algunas pautas:
- no olvidar sus limitaciones y procurar empezar por lo que sí puede hacer.
- facilitarle las cosas (toallas a mano, papel higiénico a su altura, taburete para llegar al lavatorio…).
- no compararlo con hermanos ni con amigos.
- evitar criticarlo (elogiar sus avances es mejor que retarlo por los errores).
- predicar con el ejemplo (le encanta imitara los adultos) y jugar con él (el aseo tiene que ser una actividad grata para todos).
- Y paciencia, mucha paciencia.
Aunque le guste hacerlo él solito, antes de los cuatro años no será capaz de limpiarse correctamente, así que seamos razonables y no exijamos demasiado. Hasta que sea autónomo, debemos supervisar y repasar su trabajo. Lo importante es que vaya adquiriendo esas normas básicas de higiene que deberá mantener de por vida.