Sin menospreciar a los autores de libros que dan consejos de cómo críar a tus hijos, ni dejar de valorar su esfuerzo y conocimientos sobre el tema, yo soy partidaria de seguir “la antigua usanza”.

Cuando tenemos hijos, queremos evitar los errores que, creemos, nuestros padres cometieron con nosotros y mejorar aquellos aspectos que consideramos pudieron flaquear. Procuramos ofrecerles todas las facilidades que nosotros ya vivimos, las que no pudimos disfrutar y queremos que nunca les falte de nada.

Son muchos los padres que han puesto en práctica el método “Duérmete niño”, de Eduard Estivill, argumentando que tienen que aprender a dormir solos. Ante esta cuestión, yo siempre me pregunto ¿por qué? Pocas son las veces que me han contestado que lo utilizan para corregir los trastornos de sueño del bebé. Las más habituales han sido respuestas como si el niño duerme solo, no necesitará que el papá o la mamá estén con él/ella y así no les extraña cuando tengan que dejarlo a dormir en casa de los abuelos. En estos casos, entiendo que la “necesidad” de que aprendan es más para los padres que para los niños.

Dado que este tema ha ocasionado diversidad de opiniones, se han publicado otros libros en los que aconsejan el método contrario: Dormir sin lágrimas, de Rosa Mª Jové Montanyola, en el que se defiende una filosofía más natural, sin tiempos ni angustia para ninguno de los implicados.

Entiendo que quien haya puesto en marcha cualquiera de estos dos métodos y le haya funcionado, lo defenderá frente al opuesto. Cuando te estrenas como padre/madre, resulta complicado elegir cualquier “método” de crianza y educación y, por supuesto, cada cual elige la opción que cree más correcta.

Sin embargo, en la maternidad/paternidad, como en todo, existen modas y costumbres temporales y, quizás, en ocasiones, tendemos a seguir la norma o la inclinación de las masas antes de pensar detenidamente nuestros impulsos, nuestra propia filosofía o nuestra naturaleza.

Si el bebé duerme bien, si a ti te gusta mecerlo en tus brazos, tumbarte a su lado mientras cantáis canciones o le cuentas un cuento, si evitas las lágrimas, suyas y tuyas, ¿por qué no hacerlo?

No soy quien para dar consejos pero, en este caso, sí me atrevería a aconsejar que, antes de recurrir a un libro, busquemos las respuestas en nuestra intuición y en lo que el amor por nuestros hijos nos infunde.

 

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